Influencers

¿Quién influye a los Influencers?

Llamamos Influencers a esas personas con una gran presencia en redes sociales, credibilidad y conocimiento de su sector, que lo convierten en un referente o líder de opinión para otros usuarios menos expertos. Hasta aquí bien. Pero agárrense, que vienen curvas: ¿quién es Influencer?

¿Quién influye a los Influencers? ¿quién los elige?

En los tiempos que corren, es obvio que estamos saturados de información publicitaria. Dice un buen amigo que en Masterchef se dedica más espacio a la promo que a la cocina, y todas las mañanas, entre los Trending Topics del momento, siempre hay dos o tres impulsados por marcas. Está claro que han pillado la indirecta de que nadie les hace caso, pasaron muchos años de sufrimiento cuando apareció en escena la marca blanca, esa suerte de “querida” con la que todas las familias les ponían los cuernos por cuatro perras de menos y una tendencia de más.

Pero llegó el Inbound Marketing. Y el Real Time Marketing, el Guerrilla Marketing, el Content Marketing, el Whatever Marketing... Todo ha cambiado y las marcas lo saben. Ya no eres el borrego que se tragaba un anuncio detrás de otro frente a la tele. Ahora eres el borrego que se traga un anuncio detrás de otro en streaming. Así que, se lo han tenido que empezar a currar. “¿Y cómo era todo esto antes de los anuncios?” Se debieron preguntar. “¿Cómo iba la cosa antes del postureo de los Leones de Cannes?”. Con el boca a boca, claro. Alguien de tu confianza te lo recomienda y… ¡voilà!

Parecía fácil, pero de pronto, se nos empezaron a llenar los muros de personas supuestamente y hasta el momento “anónimas”, que nos recomendaban -supuestamente de nuevo- por iniciativa propia, tal o cual producto, con mayor o menor entusiasmo y mayor o menor número de hashtags. Recuerdo el verano de 2012, la belle epoque del Influencerismo cañí, cuando Instagram, Facebook y Twitter nos mostraban a diario cientos de eventos con cientos de hashtag dinamizadores, regalos personalizados, invitaciones. Todos se daban las gracias entre sí. Todos aseguraban que el producto era lo más, daba igual si era un cepillo de dientes eléctrico, unas zapatillas deportivas o una caja de bastoncillos para los oídos… de última generación, claro. Todo valía para que tú, en tu casa, te enterases de que eso era lo que molaba, a lo que tenías que aspirar. Y aunque algunas veces daban ganas de comentarles “Tío, cúrratelo un poquito más”, otras veces hasta funcionaba.

A veces, tumbado en casa, viendo gintonics con más ingredientes que la versión de Ferrán Adriá del mismísimo #Leoncomegamba, uno hasta se daba por aludido. O por lo menos, se daba cuenta de que ahí fuera, algunas marcas estaban intentando hacer las cosas de otra manera, adaptándose a ti. Comprando a tus amigos para que te recomienden su producto, pero al fin y al cabo adaptándose a ti. Supongo que por esto, y por aquello de la infoxicación y de ser unos auténticos yonkis de la información que se cansan muy pronto de todo, ahora se lleva más eso de los brandlovers, que es como el romance a la inversa: ellos ya te querían de antes y tú les regalas algo para premiar su amor. Algo así como el enamorado estilo amor cortés al que la dama da largas amablemente mientras premia su actitud lo suficiente como para que se calle un rato, pero que vuelva mañana si eso.

En resumidas cuentas: no influye quien quiere, sino quien puede. Pero qué bien que las cosas cambien y que las marcas hayan entendido que tienen que adaptarse ellas a nosotros… y no al revés.

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